Luísa DalArtesa

Luísa DalArtesa
Welcome

Friday, September 19, 2008

Memorias de la pequeña dibujante

"Memorias de la pequeña dibujante" pág.1 Luísa Artèsa.
*** La niña y las amapolas ***
"Deberían ser unos 19:00. Esparcía una caja de tiza de cera sobre la mesa donde yo y mi padre estabamos sentados. Recuerdo bien del aroma de esa noche... de la iluminación de la calle, la gente que pasaba allí y aquí, cruzando la calle, caminando por la acera... y otras próximas a nosotros, esperando de pie convertirsen las sillas en lugares vacantes para entrar en el restaurante. En nel fondo del salón, el sonido de un bandoneón tocado de buena... Yo recuerdo bien, muy bien de la música: «Caminito». El recuerdo de una señora, usando un vestido de tafetá justa y de color verde oscuro, con perlas en el cuello y las orejas, un mui bien peinado cabello con travesaño de tortuga, así como de las uñas esmaltadas de carmím, brillantes a la luz difusa del ambiente. Me imaginaba lo que me iba a vestirse cuando me llegar la edad de la misma, donde sería y con quien... pero muy divertida y espevitada, dice a mí misma en los mis pensamientos: _... Sólo el vestido... la personalidad? _ tengo la mía! (risas) Me miró de nuevo a la mesa, las porras de crayola pidían el uso en la convidativa toalla de papel, sobre la otra de cáñamo color de nata, mi pequeño bolso rosa satinado, que siempre cargan una gran cantidad de tiza en tocos y bares, a la espera de mi inspiración... Mi padre, muy alineado, con las abotoaduras de oro con detalle de ônix, el anillo pesado en el dedo anular, mirabame con la expresión tradicional de los padres que ya saben lo que sus hijos irán a hacer. Ofertome una sonrisa y tragó su cigarrillo, pero se detieneve la liberación del humo a lejos de mí, al aire fresco de nuestra Buenos Aires. Mi inquietos ojos siempre observando, ahora resueltando a un hombre en la mesa al frente. El aspecto de cinquenta y pocos años, un barbilla grisáceo y ojos oscuros, muy silenciado, casi omissivo de otras personas alrededor, en última instancia con la fijación de la mirada en la cubierta de la mesa, preocupado sabra Dios acerca de lo qué. Luego me olvidé del mundo y retorné, concentrada en mí misma y nel olor fresco de la noche, el aire fragante de noche noche alumbrada, y comenzé a dibujar ellas, ... en el campo , en la floreras de las ventanas de casillas con jardín, caídas por el suelo, y en poco tiempo los dibujos se hacían en la tabla, llenos de amapolas rojas y amarillas... El olor del vino se dió a mí de sólo sorver un traguito , pero el miedo a preguntar si yo podía era más grande... Todavía teniendo la certeza de que mi padre encontraría la forma más coherente a obstaculizar. Una enorme copa de helado con calda avistaba yo, vino a mi encuentro. Delante de mis amapolas un camarero no es alejadome sin antes alabar el mío dibujo... Y si pasa la servilleta de cáñamo en su antebrazo, y rápido él pasó en dirección a otros clientes. Miré entonces sobre el hombro de mi padre, que saboreía el vino a devagar, y yo he visto una apresurada silueta vienendo en nuestra dirección. Se detiene ella junto al sillón donde está mi padre, y con gentil estapeada en las espaldas, prensó la mano en cumplimiento a ello, al mismo tiempo en que él, dáme una sonrisa blanca y la más franca del mundo, diciendo: '_ ¡Oye, pintora de amapolas! Cuando usted fuera una mujer de más edad y yo ya un señor senil, por lo tanto, así te le llamarán! Y de vuelta doy la sonrisa de siempre a ello. La sonrisa de quien, aunque poco a la edad, ya sabía que son muy pocas las personas a quien realmente podemos confiar.

No comments:

Post a Comment